viernes, 7 de febrero de 2014

La larga marcha de Inditex en China





Inditex abre este año su tienda número 500 en China, convirtiéndose este país en el segundo mercado por establecimientos del grupo textil después de España. El área de Asia representó para la multinacional española presidida por Pablo Isla el 20% de las ventas en 2012, en contraste con el 6,7% que significaba el gigante asiático diez atrás, cuando Inditex fundó allí su primer establecimiento. En la actualidad, refiriéndonos solo a China, la empresa originaria de Arteixo posee una plataforma de venta online, y emplea alrededor de 170.000 trabajadores en sus fábricas, según el cierre del último ejercicio, sin contar con el personal de las tiendas. De este modo, el grupo pasó de ingresar 5.670 millones de euros en el mundo en 2004 a ganar 15.946 millones en 2012. Con más tiendas en Arabia Saudí, México o Rusia que en el Reino Unido, a Inditex parece no afectarle las crisis cíclicas en determinados enclaves del mundo.  

Del  "Planeta Zara" se podrá decir lo que se quiera. Lo que no se le podrá negar es que se trata de una de las marcas globales de ropa más valiosas, además de representar la mejor integración posible entre producción y logística, en un sector caracterizado por la subcontratación y los formidables gastos en publicidad como es el de la moda.  Inditex es el resultado de comprender de modo completo los diversos mercados del mundo. ¿Incluso el mercado del antiguo Imperio del Centro? Seguro que sí. En apenas un par de décadas, 250 millones de personas han logrado componer la incipiente clase media china. La perspectiva es que ésta siga aumentando. En África (Sudán, Nigeria, Angola) tienen los chinos su Lejano Oeste, el cual no pone límites a sus aspiraciones individuales. Ya hay más de quinientos mil técnicos trabajando allí. La cuadratura del círculo parece cumplirse. El régimen no sólo se compone de soldados, obreros y campesinos –como la vieja propaganda decía- sino que también incluye a los súper empresarios que ahora toman asiento en las sesiones del Comité Central. Para los dirigentes de Pekín no es un signo de contradicción albergar millonarios dentro del PCCh. Al contrario, según aquellos se cumple así el antiguo postulado de Karl Marx que afirmaba que “la forma de vida determina la conciencia”. Es decir, la práctica del capitalismo, incluso en sus aspectos más duros, acelerará la propia percepción de clase, alcanzando la meta socialista soñada. En ello se encuentran.





Unicornios y realidades: viaje a la libertad económica



¿Paul McCartney, David Bowie y los Ramones pueden dar lecciones de superación y creatividad individual aplicables al mundo de los negocios y la economía? Seguro que sí, sin duda. Todos ellos, junto a otras estrellas de la música, como Neil Young, Gene Simmons, Lindsey Buckingham, de Fleetwood Mac, o Brian Wilson, el líder de los Beach Boys, triunfaron en sus carreras profesionales pese a afrontar las circunstancias más adversas. Concretamente, Gene Simmons, hijo de una pobre familia israelí que emigró a Estados Unidos, olvidó pronto los consejos acerca de un trabajo estable, y se embarcó en la aventura de ser el bajista y vocalista principal de la banda de hard rock Kiss. Sobreviviendo a éxitos y fracasos artísticos siempre descomunales, aparte de rechazar la trampa de la droga, con cien millones de discos vendidos a sus espaldas, el polifacético empresario Simmons puede decir que los que hoy trabajan para él son los mismos que le insultaban de crío por no saber hablar inglés. Incluso en nuestro país hubo ejemplos similares de libertad individual y perseverancia. En particular, durante los comienzos de la Movida madrileña diversas salas de conciertos, tiendas especializadas, discográficas independientes y bandas musicales de cualquier pelaje, sin pedir un céntimo en ayudas, compitieron por hacerse un hueco en la radio-fórmula entonces dominada por cantantes rutinarios. Y lo consiguieron. Como indica Daniel Lacalle, el autor de este libro, economista y gestor de fondos de inversión, además de buen aficionado al rock, dichas  figuras y colectivos “ante la adversidad, no cuestionaban la realidad, no se quejaban –al menos en público- se adaptaban y crecían”.

Entonces, si el sistema de libre iniciativa económica supone, a pesar de las crisis cíclicas, tal como vemos en múltiples casos, un elevador social para los desfavorecidos, ¿por qué el intervencionismo domina la agenda de los gobiernos y la mente de millones de personas? Desde su magisterio, el profesor Pedro Schwartz ha explicado en alguna ocasión (“Por qué el pueblo y los políticos hacen caso omiso de los buenos consejos de los economistas”, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 2010) las razones de este aparente misterio. Para Schwartz, el pueblo y sus políticos no aprecian las ventajas del liberalismo por dos poderosas razones. La primera, porque la democracia es un método de agregación de preferencias individuales defectuoso, donde los grupos de presión campan por sus respetos y en el que los votantes actúan sobre la base de un desconocimiento racional. La segunda, más profunda, trata del constructivismo de los ciudadanos y sus representantes: en el fondo, los votantes son partidarios de un ideal Estado de Bienestar y creen posible construirlo; una opción que los políticos obedecerán de forma instantánea. Sin embargo, ocurre que, en virtud de la incertidumbre epistémica de cualquier mercado libre, es imposible saber o dirigir el futuro de una economía capitalista. Por este motivo, cree Schwartz que un paternalismo liberal que busque imponer una ideología acartonada a una ciudadanía temerosa del mercado está condenado al fracaso. No obstante, la lenta domesticación de los intervencionistas es posible, pues los ciudadanos son capaces de aprender que sus preferencias no son siempre realizables, y que les conviene en mayor medida elegir la libertad. 

Precisamente, en el sentido de aprender de los errores propios y ajenos, después del éxito de “Nosotros, los mercados” (Deusto, 2013), Lacalle vuelve con este nuevo ensayo a desvelar lo que él denomina los unicornios, es decir, las soluciones mágicas, los placebos económicos que dominan el mundo que vivimos. Tales unicornios, según el autor, se manifiestan en afirmaciones como “el gasto público es esencial para salir de la crisis”, “bajar impuestos no mejora la recaudación”, “sin subvenciones no se innova”, “la deuda no importa, solo importa el  coste” o ”si los países de la Unión Europea pudiesen imprimir dinero se acababa la crisis”. Lacalle se emplea a fondo a la hora de rebatirlas, proponiendo un viaje alrededor de las principales corrientes actuales del pensamiento colectivista, monetarista y liberal, empleando para ese propósito un sólido repertorio de datos, observaciones y experiencias particulares. Sin tapujos, el autor se declara contrario a la dación en pago, partidario de la curva de Laffer y defensor de la competencia fiscal entre las naciones. Considera que el llamado austericidio no deja de ser un mito. Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Friedrich Hayek son sus iconos ideológicos. Por razones de oficio, sabe que la City de Londres provee al Reino Unido de más ingresos por impuestos que toda Escocia. Estonia y el Japón de antes de las “Abenomics” son buenos modelos a seguir, al contrario que Argentina y Venezuela. Lacalle considera honestamente que los estímulos producidos por los bancos centrales al final perjudican a los menesterosos: la expansión monetaria queda en manos de banqueros, inversores financieros y Estados endeudados, sin ninguna de las “cualidades sociales del dinero” que dice Paul Krugman que llegan a los menos pudientes. En suma, la clave es no entorpecer, atraer capital y reducir impuestos, facilitar la propiedad y limitar el despilfarro gubernamental.   

Este libro, en cierto modo, tiene también cierto halo de retrato generacional. Procedente de una familia de izquierdas, Lacalle es afín al liberalismo de la Escuela Austriaca de Economía desde 2006. Llama la atención que defienda que las enseñanzas de John Maynard Keynes y de Hayek sean compatibles, cuando los austriacos suelen mostrarse muy contrarios a las tesis del gran economista de Cambridge. Aunque eso es lo de menos. Lo que importa aquí es el itinerario de una generación que a fines de los años ochenta descubrió que la universidad era ya “una fábrica de parados”, que comenzó a trabajar en la época de las devaluaciones consecutivas, y que desde entonces se busca la vida, como sus músicos preferidos, reinventándose cada día.