jueves, 3 de octubre de 2013

Contra la economía castiza




(MI último artículo de octubre de 2013 en "Actualidad Económica") 

Los arbitristas tuvieron mala fama siempre, pero florecieron en las crisis de España. Sirenas del golfo político, inventores de quimeras o curanderos de la república llegaron a llamarles. Fueron tratados como sofistas o secta disidente de los verdaderos economistas; sin embargo, gozaron del oído y el favor del rey. En la segunda mitad del siglo XVI la palabra arbitrista describía a quien proponía a la Corte nuevos arbitrios o tributos que aumentasen los ingresos de la Hacienda Real. En el siguiente siglo, los arbitristas además comenzaron a ofrecer remedios proteccionistas frente a los males de la moneda, la despoblación, el débil comercio o la baja productividad agraria de la época. Hubo expertos con una superior visión de la economía que denunciaron la “receta única” de los arbitristas, pero quienes mejor desprestigiaron a éstos fueron quizá los literatos. En el Coloquio de los perros (1613) Miguel de Cervantes imaginaba a un arbitrista imponiendo a tres millones de españoles en edad de trabajar un ayuno a pan y agua una vez al mes, y que todo ese ahorro en consumo alimentario “se reduzca a dinero, y se dé a Su Majestad, sin defraudarle un ardite, so cargo de juramento; y con esto, en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado”. Francisco de Quevedo en Política de Dios y Gobierno de Cristo (1635) fue aún más duro, comparando a los arbitristas nada menos que con Judas. Después, tras su descrédito académico, los arbitristas se dispersaron o no confesaron con claridad sus intenciones. Durante las Luces del siglo XVIII, Campomanes distinguió entre los escritores económicos que “desnudos de miras personales, nadan piden para sí, y abogan por el bien de los demás”, de aquellos que gravaban al público lisonjeando a los poderosos, reconociendo el ministro de Carlos III que los arbitristas, pese a sus controvertidas ideas, contribuían no obstante a la purificación y mejoramiento de la ciencia económica. Y a fines del siglo XIX, en la era del librecambismo, el liberal Manuel Colmeiro se encargaba, en su historia de la política económica española, de examinar los estragos que produjeron tales “ministros de perniciosas novedades”.

¿Se adelantaron los arbitristas al capitalismo castizo que sobrevino en el siglo XX español, y que aún hoy mismo subsiste, según denuncia el presente libro? No es ilógico pensar que así fuera. Para ello su autor, César Molinas, se emplea a fondo utilizando, en mi opinión, como marco conceptual al menos, la conocida explicación de Enrique Fuentes Quintana, quien señaló en diversas ocasiones que el “modelo castizo” de desarrollo económico de los últimos cien años en nuestro país ha estado basado en la protección arancelaria, la falta de estabilidad en el sistema de precios y el tipo de cambio, la discrecionalidad regulatoria y la pervivencia de un sector público atrasado. Molinas considera que hay una fatal línea de continuidad en los negocios y la economía española que va desde el decimonónico marqués de Salamanca hasta el actual palco del Estadio Santiago Bernabéu repleto de empresarios y altos ejecutivos pendientes del BOE. Salvo algunas honrosas excepciones (Inditex, Mango, Mercadona, Indra), según el autor lo que domina en España es una elite extractiva de amplia tradición, al estilo de lo que Daron Acemoglu y James Robinson contaron en Por qué fracasan los países (2012), que aquí ya reseñamos. Las causas de esta situación, que ha desembocado en más de seis millones de parados y una deuda exterior del 167 por ciento del PIB, tienen sólidas raíces históricas. La extraña capitalidad de Madrid, ciudad no navegable y lejana de los flujos comerciales internacionales, junto a la influencia del catolicismo y el rechazo a la Reforma Protestante, añadido al presunto fracaso permanente de España como estado-nación, son algunas de aquellas. Molinas es asimismo deudor de la tesis del Fin de la Historia, de Francis Fukuyama, por la cual el Occidente vigente es la culminación del plan radical de la Ilustración laica y defensora de la libertad negativa de los individuos. La Historia, entendida como historia de las ideas, ha terminado. Ese Occidente posthistórico ha cambiado su legitimidad con la globalización, pasando de maximizar el bienestar de sus ciudadanos a dejar que éstos asuman responsabilidades por su cuenta. Por lo tanto, lo que tiene que hacer España es incorporarse sin dilaciones a un tren de eficiencia y racionalidad, al igual que las demás naciones europeas, a través de un rápido programa de reformas institucionales, económicas, sociales y culturales que socave el casticismo ahistórico español. Aceptando la plausible denuncia que hace Molinas del pésimo estado de cosas en muchos asuntos, su provocativa y sugerente interpretación de los acontecimientos da derecho al lector de este texto a formularse numerosas preguntas. ¿De verdad cree el autor (págs. 68 y 163) que España nunca ha sido un estado-nación moderno, como Francia o Alemania, sino “un país a medio cocer”?  ¿No es mucho decir (pág. 149) que los máximos líderes españoles, tanto en el gobierno como en la oposición, vienen inspirándose en una visión “joseantoniana”, que no orteguiana, de España? ¿Considera Molinas que los industriales españoles de la periferia se vieron “achantados cuando no ridiculizados por el capitalismo castizo” (pág. 141), cuando nos encontramos, por el contrario, con la pujanza empresarial que largamente tuvieron los banqueros bilbaínos y guipuzcoanos? Y descendiendo a la actualidad, en la misma página, ¿puede expresarse, sin más, que Emilio Botín “no ha inventado una nueva manera de hacer banca”?



En cualquier caso, el autor tiene razón en proponer una agenda reformista que refunda   España. Molinas plantea cambios en la elección de jueces y tribunales, el fin de la dualidad en el mercado de trabajo, la capitalización de las pensiones y un sistema educativo competitivo, entre otras cuestiones,  que deben ser tenidas muy en cuenta.