jueves, 25 de julio de 2013

China, la segunda potencia







El capitalismo tiene siete vidas. Frente a sus adversarios, éste ha encontrado a menudo una solución a las crisis. Contra la Revolución de 1848 y La Comuna de 1871, nacieron las primeras reformas sociales en Inglaterra.  Para evitar la lucha entre burgueses y proletarios, el canciller alemán Bismarck introdujo en 1880 las pensiones y los seguros estatales. A inicios del siglo XX, el taylorismo y el fordismo fueron, con su organización científica del trabajo, la tabla de salvación de las fábricas decadentes. El New Deal de Roosevelt en 1933 frenó el auge de los totalitarismos de izquierda y derecha que brotaron al calor de la Gran Depresión de 1929. Tras la Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall de 1948 logró la rápida reconstrucción de Europa Occidental, amenazada por el comunismo. La informática, la telemática y la robótica fueron la respuesta que -ante el avance tecnológico soviético y la desmoralización por Vietnam- las empresas multinacionales ofrecieron unidas en torno a la Trilateral, que nació en 1974; un año después, la Agencia Internacional de la Energía surgía para disuadir los descomunales precios impuestos por los países de la OPEP. Y en la actualidad, bajo la Gran Recesión de 2008 que sufrimos, parece que el sistema sobrevivirá gracias a que el Estado se ha convertido en prestamista de último recurso, en contraste a la inoperancia de los bancos centrales a la hora de afrontar los problemas financieros globales. Es la tesis que Ramón Tamames, catedrático de Estructura Económica ajeno a los profetas de calamidades, ha sostenido con frecuencia en otras obras suyas, incluyendo la autobiográfica “Más que unas memorias”, RBA, 2013: el capitalismo posee una naturaleza casi felina, esquivando históricamente las dificultades, confundiendo a los rivales, e inventando ideas y recursos de modo admirable.

Tal vez dicha tesis pueda hoy también confirmarse en la última acrobacia de la economía de mercado: la China del PCCh no sólo es la consabida fábrica del mundo, sino también el tesorero del mundo; el tenedor de las deudas nacionales de los países más poderosos. China es el banco de Estados Unidos, invirtiendo alrededor de un billón de dólares en bonos del Tesoro norteamericano. Con cuatro billones de dólares de reservas internacionales, el Banco Nacional Chino y la Autoridad Monetaria de Hong-Kong pueden comprar lo que quieran a través de fondos de riqueza soberana. Tierras vírgenes, minas de cobre, yacimientos de diamante o compañías petroleras son algunos de sus objetivos alcanzados. Los 10,09 billones de dólares de PIB chino en paridad de poder adquisitivo, a la zaga del PIB estadounidense, lo han hecho factible. Los semanarios anglosajones influyentes suman 121 firmas chinas a las dos mil que en total conforman los grandes poderes empresariales del planeta. El antiguo Imperio del Centro, pues, hace treinta años que dejó atrás el delirio colectivista, despertando viejas tradiciones comerciales dormidas y transformándose en el líder de los BRICS y la segunda potencia económica mundial. Estas naciones emergentes, con tasas de crecimiento próximas a los dos dígitos, sin recesión, quieren crear ya sus propios fondos de reserva y bancos de desarrollo. Sin China invirtiendo, acaso hubiéramos regresado a 1929; seguiríamos empeorando en Occidente aún más. Lo que ofrece Tamames en su último libro, escrito en colaboración con Felipe Debasa, profesor de la URJC de Madrid, es un conjunto amplio y destacado de claves para comprender qué está pasando en China y las razones de su progresiva influencia universal. Porque es probable que no deje indiferente a muchos lectores conocer cómo los herederos políticos de Deng Xiaoping –represaliado en los años sesenta y promotor del capitalismo en 1978 –administran la colosal y contradictoria agenda de liberalización económica aplicada a una inmensa nación de 1300 millones de habitantes, sin libertad de expresión y al albur de los designios del partido único. En apenas un par de décadas, 250 millones de personas han logrado componer la incipiente clase media china; y la perspectiva consiste en que ésta siga aumentando: en África (Sudán, Nigeria, Angola) tienen los chinos su Lejano Oeste, el cual no pone límites a sus intereses individuales; ya hay más de quinientos mil técnicos trabajando allí. La cuadratura del círculo parece cumplirse. El régimen no sólo se compone de soldados, obreros y campesinos –como la vieja propaganda decía- sino que también incluye a los súper empresarios que ahora toman asiento en las sesiones del Comité Central. Para los dirigentes de Pekín no es signo de contradicción albergar millonarios dentro del PCCh. Al contrario, según aquellos se está cumpliendo el postulado de Marx que afirmaba que “la forma de vida determina la conciencia”. Es decir, la práctica del capitalismo, incluso en sus aspectos más exigentes, acelerará la propia percepción de clase, alcanzando de este modo la meta socialista soñada.


Sin embargo, los autores del libro se encargan asimismo de rebajar las ilusiones excesivas acerca del modelo chino. El deterioro medioambiental, el problema de las minorías étnicas, los riesgos demográficos por causa de la política del hijo único, la corrupción, la sombra de Tiananmen, así como el recelo que el despliegue militar chino suscita entre sus vecinos del Pacífico son síntomas de que no todos los asuntos importantes van sobre ruedas. En cualquier caso, debatiéndose entre Confucio y Mao, China, pueblo milenario, pese a las paradojas, como dice el embajador Bregolat, caza con éxito ratones de cualquier color; todavía está China atada “pero la cuerda que la sujeta es cada vez más larga y es muy posible que en algún momento quede en libertad”. Tamames y Debasa se muestran optimistas al respecto, apelando al impulso democrático que el desarrollo económico suele traer consigo, además de la calidad profesional de los nuevos mandatarios. En definitiva, para quienes deseen saber, trabajar o hacer negocios en China, hablamos de una obra ineludible.