lunes, 30 de julio de 2012

Rectificar Europa a través de la empresa




(Mi último artículo en Actualidad Económica, julio 2012, sobre el reciente libro de Víctor Pérez-Díaz "Europa ante una crisis global") 

En octubre de 1954 José Ortega y Gasset dictó una conferencia en el British Institute of Management acerca de la situación del director de empresa en aquel tiempo, con ocasión de un  congreso sobre la contribución del management a la prosperidad europea, que se celebró en Torquay, al suroeste de la costa inglesa. En su disertación el filósofo español observaba la importancia que la productividad tenía en la vida colectiva de la Europa de postguerra, en contraste con el protagonismo desempeñado por la religión o el militarismo de pasadas épocas. Ortega reconocía que la productividad no era un concepto demasiado estimado por los intelectuales, pero alegaba que la industrialización, junto con el progreso de la higiene, habían hecho posible el crecimiento y la mejora de la población occidental durante los últimos ciento cincuenta años.

No obstante, Ortega advertía una cierta fatiga dentro de la maquinaria productiva europea a causa de la complejidad de la técnica – fabril, administrativa y económica-, la presión de los sindicatos y el desánimo inversor: “ se ha hecho difícil la relación del gerente con el capital, porque éste –repito, sea particular o del Estado- esta malhumorado. En Europa, al menos, el capital ha perdido alegría, y aún tal vez no fuera del todo erróneo decir que ha perdido la fe en sí mismo”. ¿Capital malhumorado?; tal vez nos suena la peculiar caracterización fisiognómica que hiciera Ortega. De ahí el protagonismo de los managers o gerentes, a los cuales el pensador comparaba con los habitantes de la ciudad griega de Mileto en la era clásica, quienes para resolver problemas científicos no solían reunirse en tierra, sino en un navío en el mar (los aei naútai, los siempre navegantes), puesto que “los que han dirigido las empresas europeas en los últimos años no han andado; sino que han nadado; y sin embargo, han conseguido, a la fecha a la que estamos algo prodigioso: la reconstitución de la producción en Inglaterra, Francia y aún Alemania, no obstante su situación especial  y extremadamente anormal”.

Esta interpretación orteguiana de la función directiva - cuando se daban los primeros pasos hacia la integración económica de los viejos enemigos- sugiere que la historia de Europa no tiene una narrativa sencilla, pero nos obliga a los europeos– ayer y hoy - a pensar juntos, lo cual seguramente sea el loable propósito de este libro. No se trata de un ejercicio de introspección, sino más bien de analizar los problemas europeos a partir del entorno global. Para ello, el profesor Víctor Pérez-Díaz ha coordinado las aportaciones de académicos e intelectuales de diferentes países que examinan la crisis económica, geoestratégica, política y cultural que respira Europa, en el marco de un ciclo auspiciado meses atrás por la Fundación FAES.

En la introducción a este trabajo colectivo, Pérez-Díaz señala que los europeos nos debemos rectificar fraternalmente, pues hasta ahora resulta extraño que la visión estratégica del conjunto de Europa se halla forjado bajo el entendimiento entre París y Berlín, dado el magro resultado de convivencia y de comportamiento para con el resto del continente durante mucho tiempo; por no hablar, de la reticencia acostumbrada del Reino Unido, el  potencial tercer co-líder, respecto de la Unión Europea. Además, la actual democracia liberal –sostiene el autor- se ve desfigurada por el exceso de ruido en la política, la existencia de élites de poco recorrido y una sociedad civil pasiva transformada más bien en una “sociedad cortesana”.

Dentro de las ponencias que abordan cuestiones económicas, Juergen B. Donges insiste en que la causa de la crisis no deriva de la existencia del euro, sino más bien de problemas de solvencia soberana y de crecimiento en ciertas naciones de la zona euro, entre las que España se encuentra. Donges aborda la débil competitividad internacional española proponiendo, aparte de otras medidas, la atracción de ahorro y capital humano exterior, junto con la aplicación de modernos métodos de gestión en las empresas y las Administraciones Públicas que repercutan positivamente en la productividad.

La geoestrategia ocupa también - de un modo objetivamente preocupante- la atención de esta obra. Por ejemplo, Robert Kaplan recuerda que el 90% del comercio intercontinental viaja por mar. Este comercio sólo puede garantizarlo una fuerza legal organizada frente a sabotajes de cualquier ralea, pese a que lo militar no está de moda ni en Europa ni en España. Eso no ha sido obstáculo para que China, escoltada gratis por la armada estadounidense, siga enviando sus mercancías al mundo; aunque China ya dirige su poder naval hacia el Océano  Pacífico, el  Índico, e incluso el Mar Mediterráneo, estableciendo una “carrera de las especias” al revés. Asimismo los demás especialistas cuestionan, ante el regreso de las grandes potencias capitalistas autoritarias, que la ausencia de transparencia conduzca inevitablemente a la corrupción. Tales potencias pueden lograr el éxito económico y social manteniendo una relativa decencia institucional.


Sin embargo, el libro ofrece signos optimistas de reinvención de Europa, como el capítulo dedicado a la gobernanza y sociedad civil. En concreto, las ponencias acerca del sector sin ánimo de lucro holandés, la democracia asociativa sueca desde abajo, y la Big Society  en el Reino Unido, merecen ser estudiadas con atención. Se trata de combatir lo que Pérez-Díaz denomina la “ciudad oligárquica” impregnada de fallos morales y educativos, con el afán de rectificar a través de prácticas coherentes, aprendiendo colectivamente, sin prescriptores forzosos por medio. Lo que el texto pretende demostrar es que Europa no necesita una cultura de prédica, sino de sensatez aplicada a lo inmediato. Ortega comenzó a verlo, quien lo diría, desde el seno de las empresas.